Amapola

Bio
Trayectoria
Libros
Textos
Cómic Suburbia
Música
Catwalks
Fotos
Facebook
Contacto

Amapola

Un cuento de invierno

Ana Solari

con ilustraciones de la autora 

 

 

 

 

 

Uno

 

A veces, Amapola quisiera ser mariposa. Desplegar unas alas enormes, transparentes, con los bordes dorados, y dos ojos inmensos del color de la turquesa, que verían mucho más que los suyos, pequeños y negros. Ascendería con suavidad y rozaría los pétalos de los tulipanes y la humedad de los líquenes; se elevaría por encima de las copas de los arbustos espinosos y quizá se detuviera delante de un girasol. Volaría, impulsada por la brisa, y vería las cosas allá abajo, en la superficie de la tierra, de un tamaño minúsculo, insignificante.

 

Desde tan arriba, nada podría hacerle daño; las voces no la alcanzarían, las manos no podrían tocarla, no se sentiría extraña ni sola.

Un grupo de golondrinas seguiría el vuelo con ella, cantando canciones de piratas, y le diría:

 

- Buen día, Amapola, qué alegría que vueles un rato con nosotras.

 

 

Dos

 

Un día Amapola está sentada bajo un sauce y se queda dormida. Cuando despierta se siente liviana, ligera. Está a pocos centímetros del suelo, como si la sostuviera una nube. Entonces se da cuenta de que le han crecido alas de mariposa en la espalda. Son suaves y tersas y casi no se notan. Amapola las acaricia y se pregunta cómo debe cuidarlas. Después logra alcanzar el suelo y los pies casi no dejan huella en la grava. Sonríe. ¿Qué otra cosa puede hacer? Pero de todos modos se le escapa una lágrima. Así, el mago jamás la amará. 

 

 

 

 

Tres

Después visita el Circo del Sol. Se deja fascinar por el hombre sin cabeza que pasea sobre la nada, mientras lee un periódico. Después se detiene ante Señorita Tul Rojo, que danza en el aire, la cabeza hacia abajo, los ojos cerrados. Amapola sabe que sufre de un gran amor triste y quisiera ayudarla.
   
Le diría:
 
- No sufras; el amor va y viene, no es tan importante.
 
Pero las palabras no le salen y sólo roza la tela roja con delicadeza. Un hilo se desprende y se le enreda entre los dedos. Es suave y tibio. Encierra una lágrima. Amapola piensa:
 
- A veces el amor es así, con lágrimas.

Entonces se da cuenta de que ese día ha amanecido de cincuenta años.

 

 

 

 

Cuatro

En el Circo conoce a un hombre. Lleva una galera y un bigote muy fino. Los ojos sonríen aunque el rostro permanece serio.
 
- Hola, Amapola –dice, y le ofrece un asiento.
 
Amapola acepta y él le tiende un pañuelo de color granate que de inmediato se transforma en plateado y fucsia. Amapola sonríe y agradece.

- Soy Armandus Cardias –se presenta, y le besa la mano.

Amapola nada dice.
 
- Quisiera casarme contigo. Seríamos muy felices.
- No puedo –dice Amapola, compungida, - estoy enamorada de un mago.
 
El hombre de la galera se entristece y una lágrima turquesa le brota de un ojo.
 
- Es así, pero él no me ama.
- Entonces seremos dos amigos tristes. Quizá así completemos una alegría.
 
Ríe y Amapola se contagia. De pronto se siente feliz. Tiene un amigo. 

 

 

 

 

Cinco

En el mercado se deja encantar por los narradores de cuentos y por los vendedores de frutas lejanas. Uno le tiende un fruto dorado con sabor a miel y a mar. Amapola cierra los ojos y un océano le llena el alma. A lo lejos escucha los graznidos de las gaviotas.
 
El narrador de cuentos le susurra unas palabras al oído. Amapola siente que el mago la abraza y le dice que no tenga miedo. Se queda así, acunada por el mar, la miel y el mago. Después abre los ojos; los vendedores están desmontando las tiendas y los narradores han guardado sus instrumentos. Amapola camina despacio entre los toldos, y no se da cuenta de que se le cae la peineta que le sostiene el cabello.

 

 

 

 

Seis
 
Amapola se despierta en mitad de la noche. Una figura encorvada y cubierta por una capa está a su lado. Tiene una mirada bondadosa y Amapola no siente miedo. Se levanta y la figura dice:
 
- Ven, vamos a caminar por los campos, a la luz de la luna.
 
Amapola la sigue. Sabe que no es el mago, pero no le importa. La figura se detiene justo bajo la luna. La capa le cubre el rostro, pero Amapola sabe que sonríe con un poco de resignación.
 
La figura recita, con voz queda:
 
- El río azul resalta la blancura de las aves./ En la montaña verde a punto de incendiarse las flores./ Esta primavera pasará muy pronto. /¿Qué día de qué año regresaré?
 
Y después desaparece. Entonces Amapola sabe que el mago le ha pedido a la figura encapuchada que la visitara y le recitara ese poema. Vuelve a la cama y duerme con el corazón tibio por primera vez en muchos siglos. 

 

 

 

 

 

 

 

Siete

Amapola se encuentra con Armandus Cardias en el Jardín Japonés. Lleva la galera y se cubre las manos con guantes de cabritilla tan oscuros como el sombrero. Se ha puesto un poco de rubor en las mejillas y Amapola se da cuenta de que su amigo está triste. Él no la ha visto; se detiene en el camino de tierra, recoge un brote de nogal y se sienta en un banco de madera. Cierra los ojos y deja el bastón a un lado. Amapola se acerca en puntas de pies y se sienta junto a él. Le toma la mano: la piel suave está tibia, y deja la suya allí. Los dedos de Armandus Cardias enlazan los de ella, y una suave brisa mueve las copas de los árboles. Amapola se pregunta cómo serán las manos del mago. En ese instante, Armandus abre los ojos y se desprende de ella. La mira con mirada turbia, dolida, pero nada dice. Amapola se encoge de hombros y se arrepiente de haberlo hecho sufrir.
 
- Ya pasó –dice él, y sonríe.
 
Amapola recoge una flor de naranjo que ha caído a sus pies. Está fresca y olorosa. Se la tiende y él se la pone en el ojal.
 
- Así guardaré el recuerdo de este paseo –murmura Armandus.
 
Se levanta y se aleja, sin mirarla. Amapola lo ve desaparecer entre los troncos viejos de los robles y los tilos. Estira una mano, como si pudiera detenerlo, pero la mano cae y el gesto muere. Se queda así, sentada en el banco, rodeada por el viento y la humedad, hasta que el guardia del Jardín le anuncia que van a cerrar las puertas.
 

 

 

Ocho
 
Quizá conoció al mago en sueños, o quizá fue en el mercado, un domingo de primavera. Ya no recuerda muy bien cómo sucedió. De pronto lo vio, estaba allí, parado delante de ella, mirándola. Los ojos le llegaron al alma y la dieron vuelta.  
 


Cuando se tranquilizó, él se alejaba. Un rastro de polvo magenta se desprendía de su capa, y Amapola se apresuró a rozarlo con los dedos.  
 

  
Era helado y suave. Lo guardó en el pañuelo blanco, el de las iniciales en oro y turquesa. Después pasaron muchos meses antes que lo volviera a ver, pero nunca dejó de pensar en él. Metió el pañuelo en el cofre de nácar y sándalo, y cuando creía que estaba por perder el recuerdo, lo abría y la figura delgada y frágil del mago volvía a aparecérsele. Una noche Amapola se dio cuenta de que lo amaba y lloró a la luz de la luna. Supo que nunca sería feliz.
  
 

 

 

 

 

Nueve

Amapola se cubre las alas con una capa de color gris, pero pronto se da cuenta de que nadie la mira y se la saca. De inmediato las alas se extienden y el sol del atardecer se refleja en ellas. Un niño la mira, los ojos brillantes:
 
- ¡Qué lindas alas! ¿Dónde las compraste?
 
Amapola le acaricia la cabeza.
 
- No sé. No sé dónde.
- Qué pena. Me gustaría tener unas alas así.
- ¿Y para qué las querrías?
- Volaría hasta el sol.
- Pero se te quemarían.
- No. Las alas mías no se quemarían con el sol.
- ¿Y qué harías en el sol?
- Me quedaría allí para siempre. Sería feliz.
 
Amapola se despide del niño, que se la queda mirando. Sin querer se distrae, y se eleva unos centímetros del suelo. Entonces se encuentra con Armandus Cardias.

 

 

 

 

Diez

- Amapola, Amapola – la saluda.

Amapola aterriza con suavidad junto a él. Lleva la misma galera y los mismos guantes de cabritilla. Tiene una mancha roja en una mejilla que se convierte en un tulipán.
 
- Demos un paseo –le propone.
 
Armandus la toma de la mano y ella se siente segura.
 
- Cuéntame del mago –dice él y le aprieta un poco la mano.
- No hay nada qué contar.
- Sí, cuéntamelo todo. Somos amigos.
 
Amapola suspira.
 
- No es para mí. Es un amor triste.
- Todos los amores son tristes, Amapola, debes saberlo.
- ¿Todos?
- Sí, todos. Porque nunca puede uno dejar de ser quién es, y darse enteramente al otro. Estamos siempre solos, muy solos. Somos como las estrellas.
 

- Las estrellas no están solas. Mira. Junto a la luna. Se tienen.
- El amor es así; tú amas y quizá él te ame. Pero están solos.
 
Amapola entorna los ojos y no quiere llorar.
 
- ¿Cuándo el amor deja de ser así, triste?
- Después de la muerte. Si hay amor, después de la muerte los dos se convierten en uno solo.
 
Amapola guarda silencio y mira a Armandus. No ha comprendido sus palabras, pero no se anima a decírselo. Es un amigo muy peculiar. No le da tranquilidad, la confunde más aún. Piensa en el mago. ¿Dónde estará?
 
- Tomemos una taza de chocolate –invita Armandus.
 
Amapola acepta. Encuentran un rincón tibio junto a la estufa y beben el chocolate muy caliente. A los dos se les suaviza el alma. Amapola sonríe. Quizá el mago esté cerca.

 

 

 

 

 

 

Once

Amapola recibe una invitación para ir al teatro de sombras chinescas. Por el perfume que desprende la carta, se da cuenta de que la ha enviado Armandus. La huele y la vuelve a meter en el sobre. Nunca ha ido al teatro de sombras chinescas. Piensa que debe vestirse en forma elegante, y entonces recuerda las alas. ¿Qué hará con ellas? No sabe a quién consultar; las alas molestarán a los demás espectadores. Aunque quizá, si hace un esfuerzo, logre que se vuelvan invisibles. El corazón le late con fuerza. Y quizá se encuentre con el mago.
 
En la Tienda de Ropa de Otros Tiempos compra un vestido negro y un par de guantes que le llegan hasta el codo. Se mira en el espejo. Tal vez deba ponerse carmín en los labios; se ve muy pálida. Después de que está vestida, cierra los ojos e imagina que las alas se hacen plateadas y después transparentes. Ni siquiera las nervaduras se ven, que sólo parecen una filigrana de plata y diamantes. Se pone la capa negra y sale.


 

 

 

 
Afuera la espera un cabriolé tirado por un caballo blanco, de crines lustradas, y un domador en el pescante, que la deja en el teatro. Armandus la espera en el hall, radiante. Lleva un frac negro como la noche y una galera que brilla a la luz de los caireles. Hace una reverencia y la toma del brazo, con suavidad.
 
- Tus alas están más hermosas que nunca, Amapola.
 
Ella se agita. ¿Entonces se ven?

- No te preocupes; sólo las veo yo, y parecen una diadema de lágrimas encantadas.

Amapola suspira y camina con paso más calmo. Armandus la mira y se sonroja.

- Si el mago te viera, se enamoraría de ti.

Después se arrepiente de sus palabras y no sabe cómo borrarlas. El color se le va del rostro.

- Pero no me ve. Él nunca me ve.

Entran en la sala cuando se apagan las luces y se levanta el telón. Amapola se enamora de las sombras, de la historia, de la música, y se olvida, durante un instante, de la tristeza que lleva en el alma, que parece no tener cura.
 

 

 

 

 

Trece

Una tarde, Amapola pasea por el malecón. A lo lejos se ve un crucero, que parte del puerto. Amapola se imagina en cubierta, mirando el horizonte gris, el mar verde. En alguna parte suena una melodía. La ensoñación dura segundos, quizá menos. De pronto se da cuenta de que hay alguien a su lado. Un hombre alto y delgado, con cabello cuervo y plata y ojos muy negros. Tiene la piel muy pálida, como si fuera porcelana. La mira sin sonreír, pero ella siente que lo conoce de alguna parte.
 
- ¿Cuándo has llegado?

El hombre se quita un mechón de cabello rebelde de la frente. Las palabras vienen de muy lejos.

- Nunca me he ido –dice, y la voz parece un acorde.

Amapola nada dice, porque no le molesta su compañía. Es muy distinto a Armandus. Parece un hijo de una noche luminosa; una ráfaga de brisa marítima. Recuerda la capa con que sueña cuando amanece de diecisiete años.

- ¿Tienes una capa?
- Sí –responde él.

Aún no se ha presentado.

- ¿Cómo te llamas? –pregunta entonces Amapola, pensando en el mago.- Soy Johannes –dice él –aunque pocos lo saben y me dicen con otros nombres.
- ¿Y cómo debo llamarte yo?

Él se detiene un segundo apenas y la mira.

- Tú me llamarás Johannes. Así me llamaré para ti.

Amapola se queda pensativa un rato.

- Soy Amapola –dice después, con timidez.
- Lo sé. Te conozco.
- Ah –dice ella, incómoda, pero después se le pasa.

Johannes la invita a caminar hasta el torreón desde donde se ven los cuatro puntos cardinales y Amapola acepta. Entonces decide que no le dirá nada a Armandus de este paseo; no quiere que se ponga más triste.
 
 

 

 

 

 

Catorce

De noche, Amapola pasea por el Lago Mayor. Un grupo de patos alza el vuelo, al ras de la superficie, y grazna. Las ranas, entre los lotos, le responden. Los grillos comienzan a cantar también, y de pronto se alza la luna, majestuosa. Amapola piensa en Armandus, en el mago, en Johannes, y suspira. Quisiera enamorarse de otro, olvidar al mago y dejar de sentir el amor triste de Armandus. Johannes es misterioso, quizá algún día pueda confiar en él. Lo siente lleno de una pasión contenida y eso la asusta. Las alas se vuelven ingrávidas cuando piensa en él. Parece un ángel surgido de la noche o de la nada. De pronto siente pasos a su lado, el crujido de una rama, una hoja que roza a otra y se da vuelta. El mago está allí, resplandeciente. Los ojos parecen dos luceros. La mira desde una lejanía que Amapola no comprende.
 
- Nunca dejarás de amarme, Amapola.

¿Por qué dice eso? ¿Por qué quiere entristecerla?

- Algún día sí, te olvidaré y seré feliz otra vez.
- No, no me olvidarás. Estás unida a mí más allá de tu voluntad.

Amapola siente que lo ve por primera vez. Bajo el manto púrpura se esconde un corazón inseguro, quebrado. Las alas tiemblan, se agitan.

- No te pertenezco. Te olvidaré. Seré libre.

El mago se acerca y le roza la cabeza.

- Hasta en sueños vivo en ti. ¿O acaso no lo sabes?

Amapola le da la espalda, herida. Es cierto; hasta en los sueños se le aparece el mago y le hace daño con su silencio, con sus apariciones y sus desapariciones incomprensibles. ¿Qué quiere de ella?

- Vete, por favor, no quiero verte.
 

El mago desaparece y Amapola se sienta sobre una piedra cubierta de musgo fresco y oscuro. Permanece allí, sin comprender, sintiendo cómo las alas se hacen tenues, sin fuerza. Después se abraza las rodillas y llora. No se da cuenta de que un pequeño trébol surge de entre las lágrimas, abre las hojas verdiblancas y lanza un destello que lo convierte en una estrella fugaz.

 

 

 

 

Quince
 
Despierta y la luna está en lo alto. Junto a ella está Johannes, que la mira con ternura. Le brillan los ojos. No son como los del mago. Son ojos de alguien muy humano. Quizá Johannes tenga una tormenta en el alma y ella pueda curarla.

-  Hola –dice, y sonríe por primera vez con todo el rostro.

Como Amapola nada responde, insiste:

- ¿Puedo sentarme a tu lado?

Amapola le hace un lugar en la roca. Johannes se sienta con cuidado de no arrugar su traje de terciopelo azul y dorado. De perfil, parece una estatua griega. Descubre el trébol y se lo señala.

- No estés triste. Se te pasará. Lo olvidarás. Volverás a reír.
- Armandus dice que todos los amores son tristes.
- No lo son, Amapola, se equivoca.
-  ¿Por qué lo dice, entonces?
- Porque tiene el corazón roto.
- Pero es un buen amigo.
- Sí, lo sé. Y te quiere mucho.

Amapola lo mira. El rostro es el de una máscara habitada por la vida, una vida que lleva siglos viviendo.

- Una vez tuve una hermana –dice de pronto Johannes.
- ¿Y qué sucedió?
- Ah, mi hermana. Se enamoró de un dragón y partió.

Amapola siente ganas de llorar un poco, en silencio. ¿Por qué todo es tan triste?

- Porque cuando uno está triste, todo lo está. Los amigos y los amores son tristes también, y hasta la cascada parece que llorara en lugar de reír.
- Eres sabio.
- Y tú eres una linda persona.

Después la abraza y Amapola siente el calor del terciopelo en la mejilla, y un perfume a maderas y cierra los ojos. Johannes la acuna, le canta una canción muy antigua y muy suave, y Amapola se duerme. Entonces no sueña con el mago; y las alas, durante el sueño, reverdecen y brillan a la luz de las estrellas.

Johannes la contempla, mientras fuma un tabaco delgado, que se consume con lentitud, una brasa en el universo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dieciséis
 
Amapola se asoma al balcón. Ha llegado el verano, lo siente en el aire. Se escuchan rumores de conversaciones alegres, de risas y de paseos al aire libre. Armandus ha cambiado la galera por un bonete que en la punta lleva un diminuto parasol.
 


Amapola lo saluda y él convierte un guante en una dalia que se transforma en nube. Una diminuta lluvia refresca los malvones del balcón de Amapola, y después desaparece. Amapola aplaude.

- Ha llegado una adivina –le dice Armandus.
- ¿La has consultado?
- No; ¿quieres venir conmigo?

Amapola duda. ¿Qué puede decirle que no sepa?

- Venga, vamos. Te olvidarás del mago durante un instante.

Amapola planea suavemente hasta la calle. Armandus repara en el camafeo que lleva al cuello. Ella dice que es un trébol que le regaló Johannes, y de inmediato una sombra le cruza el rostro a su amigo. Después se le pasa. La adivina ha montado su tienda en la plaza. El toldo es turquesa, verde esmeralda, lila y blanco. Hay una puerta de tela y una pequeña alfombra hecha con cuentas y arena fina. Armandus entra primero. Dentro está fresco y hay perfume a sándalo y mirra.

- Armandus, Amapola –dice la mujer que lleva la cabeza cubierta por una toca, y los ojos decorados con kohl-kajal. Es muy bella; el mago repararía en ella de seguro. Amapola se avergüenza de sus alas.

- No, Amapola; tus alas son hermosas, debes cuidarlas.

Armandus sonríe, sorprendido.

- ¡Armandus! –lo reprende la adivina.

Les dice que tomen asiento y extrae de entre sus ropas un mazo de cartas de lomo dorado.

- Tú primero, Amapola –dice después.

Amapola se acomoda en la silla, que es cómoda y suave y se amolda a las alas. La adivina, que dice llamarse Bárukka, le dice que baraje siete veces, y se concentre. Después debe formar una cruz con tres montones del mazo y elegir uno. Amapola elige el del medio. Bárukka despliega los naipes y la mira.

- Amapola, estás muy triste –dice-, pero para cuando termine el verano volverás a sentirte feliz.

- ¿Acaso el mago me amará para cuando termine el verano?

Bárukka hace que no con la cabeza.

- No, él no es capaz de amar a nadie más que a sí mismo. Conocerás a otro hombre. Un hombre bueno. Un hombre que lleva una sonrisa en su interior.

Amapola siente cómo el corazón de Armandus estalla en añicos que se desparraman sobre el suelo de arena y cal, se incrustan en las paredes de terciopelo violeta, se hunden en los naipes. Nada dice.

- ¿Pero cómo es? ¿Cómo lo reconoceré
- Tiene la cabellera blanca como la nieve.
- Pero hay muchos así.
- ¡Pero ninguno con una sonrisa en el corazón, que se le asoma a los ojos, a las manos, a las palabras!

Después mira a Armandus.

- Es tu turno. Baraja.

Armandus toma el mazo y le tiemblan las manos. Un naipe se cae y queda boca abajo. Bárukka dice que lo levante sin mirarlo.

- Es tu destino –dice con seguridad.
- Sólo leeré ésta –agrega.

Los añicos del corazón de Armandus siguen clavados en todas partes, y él jadea un poco. El tulipán en el ojal se ha marchitado de pronto y se le ha ido el rojo de las mejillas.

Bárukka da vuelta el naipe.

- El catorce. La templanza.

Lo mira con ternura casi maternal.

- Déjalo correr, Armandus, tu camino va por otra parte. Y tú lo sabes.

Armandus agacha la cabeza; uno de los pétalos del tulipán recupera un poco el color. Los añicos se mueven con lentitud; algunos caen de la tela que forma la cúpula de la tienda; otros se desprenden de las paredes; y otros resbalan de la mesa donde está el naipe boca arriba, mirándolo. Amapola le toma una mano y se la aprieta con suavidad. Armandus suspira.

- ¿Por qué?
- No lo sé. ¿Quieres saber?

Armandus duda y después baja la cabeza. Le tiembla la voz, una lágrima le resbala por la mejilla.

- No. Ya lo sé.

Se pone de pie.

- Espera, Armandus.

Bárukka lo mira y los ojos son dos carbones de agua.

- Serás feliz. Encontrarás la paz que tanto persigues.

Armandus le da la espalda y abandona la tienda sin decir nada. Amapola lo sigue, pero se detiene antes de salir.

- Como una noche nevada, pero cálida. Como el manto con el que sueñas.
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diecisiete

Amapola y Armandus caminan hasta las lindes de la ciudad. Armandus lleva una maleta pequeña, y una pluma de pavo real en el sombrero. Se ha quitado el bonete, y le ha regalado la galera y los guantes a Amapola. Las alas de Amapola se han marchitado y son dos pequeños tules que apenas se mantienen erguidos.
 
- No te pongas así, Amapola; volveremos a vernos.
- Pero te vas. No debimos consultar a la adivina.
- Dijo lo cierto.
- Te voy a extrañar. ¿Con quién voy a beber chocolate, pasear por el Jardín Japonés? ¿Quién convertirá las dalias en nubes? ¡Y no conozco a nadie que tenga un tulipán en la mejilla!

Armandus se sonroja y de inmediato la pequeña flor florece. Un pétalo cae y él lo recoge en el aire y se lo tiende. Amapola lo guarda cerca del corazón.

- ¿Volverás?
- Claro que sí, Amapola.
- ¿Seguiremos siendo amigos?
- Por supuesto. Los amigos siempre son.
- No debimos ir a ver a Bárukka.
 
Armandus le pasa un brazo por los hombros.

- Debes cuidar tus alas, Amapola.
 
Después le da un beso en la mejilla y otro en la mano. Amapola lo ve alejarse y siente que el corazón se le hace tan chico como una nuez de agua. Las piernas le pesan y por más que quiere elevarse, no puede. Las alas no tienen fuerza. ¿Qué hará sin Armandus? ¿Y si lo ama y no se ha dado cuenta?

- ¡Armandus! –pero la voz no le sale.
 
Se queda en el camino hasta que su amigo es sólo una figura diminuta recortada contra el horizonte, un punto que desaparece. Después vuelve atrás, las alas cada vez más caídas y sin brillo. No sabe cómo hará para vivir sin Armandus.

 

 

 

 

Dieciocho

Amapola ha puesto el pétalo en una vasija de cristal de ensoñaciones. El rojo se ha desteñido a rosado, y teme que pronto desaparezca. La deja delante de la ventana, y cuando amanece, el pétalo recobra un poco el color. Piensa en Armandus; ¿dónde estará? Ha pasado tanto tiempo sin que sepa de él. El verano está llegando a su fin. Recuerda el día en que Armandus convirtió la dalia en la nube, y se asoma al balcón. Los malvones están tristes, tanto como ella. El mago se ha ido de la ciudad, y Johannes partió hacia las montañas, en busca de su hermana. Los días pasan con lentitud; las estrellas no brillan y la luna apenas sale. Una vez Amapola abrió la caja de sándalo y nácar, pero el polvo perdió el brillo y apenas es un destello que se consume casi de inmediato, y el pañuelo acaba convertido en hilos muertos.

De noche, Amapola se asoma al balcón y mira hacia el horizonte. Más allá del malecón, crece una tormenta. Un relámpago desgaja el cielo en dos, y luego se escucha el trueno. Una ráfaga de viento trae hojas arremolinadas que se cuelan entre los barrotes del balcón. Amapola las mira aquietarse, y entonces descubre entre ellas un cartón del tamaño de la palma de la mano, con una dirección impresa en letras rojas. Lo mira a la luz de la luna incierta y descifra las palabras: Tienda de los Relatos. Algo le dice que Armandus le ha enviado esta tarjeta, y sonríe con un poco de melancolía. La última “a” parece transformarse en una sonrisa, según cómo se la lea. Entonces se llena de un bostezo y cierra los postigones. Deja la tarjeta bajo la vasija de cristal. Se duerme y no ve cómo el pétalo se agita, comienza a recuperar su color y da a luz una raíz diminuta.

 

 

 

Diecinueve 

Cae una lluvia persistente que convierte las calles en cascadas intransitables. Amapola quisiera buscar la Tienda de los Relatos, pero teme que las alas se resientan con los gotones que llueven del cielo. Así pasan siete días y siete noches; sentada delante del balcón, a veces le parece ver la sonrisa gentil de Armandus que la consuela y le dice que tenga paciencia. Ya no recuerda al mago, y a veces le parece que todo fue un sueño. Le gustaría saber si Johannes ha encontrado a su hermana. Imagina que sí, y que ha de sentirse feliz. ¿Cómo será el amor de un dragón? Cierra los ojos y se le aparece un rostro, una visión fugaz. Un hombre de pelo muy blanco y frente ancha; con una mirada luminosa, y una sonrisa que parece querer salírsele de la boca. La visión se desvanece y Amapola abre los ojos. La lluvia ha cesado y en el horizonte se comienzan a ver los primeros rayos de un sol tímido. Siente que pronto llegará el otoño y que todo será distinto. Los árboles del Jardín Japonés perderán las hojas y cubrirán los caminos de grava. Ya no podrá quedarse hasta el anochecer bajo el sauce ni podrá sentarse a escuchar a los narradores de cuentos. ¿Qué acontecerá en el otoño, que de pronto se le agita el corazón y las alas parpadean, inquietas? 
 

 

 

 

 

 

Veinte

Camina, con el cartón en la mano, buscando la Tienda de los Relatos. Las calles se han angostado; son callejones oscuros, flanqueados por casas de dos pisos con aleros en las ventanas. En algunas hay ropa tendida, y las cuerdas van de una casa a la de enfrente, pero no se ve a nadie. Hay un gran silencio.

Amapola piensa que quizá se ha perdido, ha equivocado el rumbo y no encontrará nunca la Tienda, y el corazón se le encoge y casi deja de latir. Mira a los lados, como si en alguna parte hubiera una señal. Cierra los ojos, decidida a darse la vuelta, y de pronto escucha una melodía suave, como de feria. Se guía por ella, y no le importa dar vueltas y vueltas, y siente que está entrando en un laberinto. El callejón se ha hecho tan angosto, que las fachadas de las casas casi se rozan. Termina de pronto en un muro cubierto a medias por una enredadera florecida, y Amapola mira hacia lo alto, fascinada por las campanillas lilas y blancas. Allí, de una reja trenzada cuelga un cartel en letras rojas como la sangre, que se mueve con el viento que viene de alguna parte. Ha encontrado la Tienda. Sin embargo, parece estar cerrada, las cortinas están corridas y no se ve ninguna luz encendida en su interior. Amapola se acerca a la puerta, que es de una madera verde, muy vieja, y tantea el picaporte.

Para su sorpresa, cede a su presión, y se abre. Un perfume a antigüedad y a vida la recibe y la invita a entrar. Las alas se encogen para pasar por la abertura, y Amapola se encuentra en una estancia en penumbras que parece estar llena de cosas. Por un ventanuco entra un rayo de luz; avanza un poco a tientas, encantada por el perfume y por una sensación de paz que la rodea súbitamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Veintiuno

- Te estaba esperando, Amapola –dice de pronto una voz a sus espaldas.

Amapola no siente miedo. Es una voz grave y suave a la vez, que parece venir de todas partes y de ninguna. Se da la vuelta. De pie delante de un espejo cubierto por un paño, hay un hombre. Tiene el cabello tan blanco como una nube de primavera, y unos ojos que brillan en la penumbra. Aunque no sonríe, Amapola siente que una gran sonrisa lo habita, y le mira las manos. Son fuertes y elegantes; y todo él desprende un gran amor por lo vivo.

- Déjame que te cuente – agrega, y le señala una silla.

Amapola toma asiento en una butaca muy antigua, que tiene un tapizado que parece tener siglos. El olor a madera se hace más penetrante aún. El hombre se sienta cerca de ella, en un banco de roble tallado. La observa con atención y de pronto ríe.

- Pensé que no vendrías nunca.
- Yo... no encontraba la dirección.
- Sí, no es sencillo. Pero aquí estás.
- Sí.

Amapola siente una tibieza desconocida, una tranquilidad, como si hubiera llegado por fin al sitio que la espera.

El hombre le ofrece una taza de té y vuelve con una bandeja de color rojo y dorado. Se la tiende y después señala a su alrededor.

- Todo esto he juntado para ti.
- ¿Para mí?
- Cada cosa tiene una historia.
- No sé qué decir.
- Me he pasado la vida haciendo esto. He viajado mucho, por los lugares más lejanos de todos, buscando historias para ti.

Amapola recuerda con un dejo de melancolía al mago, que también había venido de un sitio lejano.

- Sí, lo conozco, no te pongas triste.
 
Entonces saca de un cajón un bajorrelieve muy antiguo, en el cual apenas se reconocen unas figuras. Lo acaricia con delicadeza.

A Amapola le parece escuchar de pronto un rumor lejano de hombres y mujeres que alientan a los atletas, que corren apenas cubiertos por unos taparrabos, calzados por unas sandalias de cuero atadas a las piernas, en un estadio que parece un templo.

- Es un templo –dice el hombre- en honor al dios Zeus.
- Ah –murmura Amapola, sorprendida.

Se deja envolver por la voz agradable del hombre, de quien aún no sabe el nombre.

- El primer atleta fue un cocinero.

Amapola ríe.

- No te sorprendas: hubo un gran pintor que también soñaba con ser cocinero.

El hombre deja de hablar y la mira, y la mirada no deja resquicio sin descubrir ni explorar.

- Te amo, Amapola. Esa es la verdad.

Amapola enrojece y no sabe qué decir ni qué hacer.

- Y tú también me amas a mí. Ya verás.

Después le tiende una mano y se inclina.

- Soy Ferencz y esta es la Tienda de los Relatos, que he construido para ti.

Amapola siente que le gustará escuchar las historias que este hombre tiene para relatar. Podría quedarse así, siempre. Las alas se agitan un poco. Entonces siente un poco de temor. ¿Por qué no ha dicho nada de ellas?

- Soy un hombre feliz y libre, Amapola. ¿Acaso las alas no te han hecho feliz y libre?

Amapola enrojece nuevamente.

- Una vez, una adivina de nombre islandés me dijo que debía esperar a una muchacha alada. Y eso he hecho. Te he esperado toda la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Veintidós


Con la llegada del día, Amapola tiene el corazón lleno de historias fantásticas. La Tienda de los Relatos se ha transformado en un gran escenario, que la ha hecho sentir en el tapiz de cuando amanece de mil años. Ferencz ha narrado con distintas voces y melodías, en diversos idiomas, la historia de los objetos que hay a la vista, y Amapola no sabe cuál ha sido la más hermosa.

- Tenemos el resto de nuestros días y de nuestras noches para inventar historias.

Entonces Ferencz la invita a pasar a una pequeña habitación enteramente de cristal desde donde se ve el cielo estrellado, la luna que comienza a menguar y los primeros rayos del sol del día. Están en un altura, y abajo se ve la ciudad y el malecón, el faro, el puerto y los edificios de tejados azules, como si fueran miniaturas. Ferencz la toma de la mano y después la abraza. Amapola reclina la cabeza en el hombro del hombre bueno y cierra los ojos. Siente que se ha enamorado de él, pero no tiene miedo. Entonces Ferencz dice que es 22, el primer día del otoño, y que hay que celebrarlo como está dispuesto. Enciende el fuego en una estufa tan grande que Amapola podría sentarse en su interior; las llamas se alzan y despiden luces verdes y azules. Ferencz arrima unos sillones bajos y sirve dos copas de vino.

- Bienvenida, vida –dice y brinda.

Amapola ríe. Es feliz. Cierra los ojos y le parece que Armandus y Bárukka le hacen una guiñada. Las alas resplandecen a la luz de la hoguera que crepita y perfuma el aire.
 
- ¿En qué piensas?
- En dos queridos amigos.

Ferencz sonríe con todo el rostro y la mira a través del vino oscuro.

- Armandus y Bárukka.
- ¿Los conoces?
- ¿Quieres que te cuenta su historia?

Amapola dice que sí y se reclina. Para cuando amanece, se ha dormido, y Ferencz la ha cubierto con una manta multicolor. Le acomoda las alas y se la queda mirando. A la luz del amanecer, Amapola resplandece y tiene todas las edades. Abre los ojos de pronto y descubre la mirada de Ferencz. Se pierde allí, segura. El hombre del cabello blanco le sonríe y ella se vuelve a dormir, y sueña con él.
 


Fin